Vallejo-Nájera y la ciencia al servicio del odio: España revisa su historia al retirar una distinción que nunca debió existir

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Cuando la ciencia se convierte en cómplice del poder

Pocas figuras encarnan con tanta claridad la perversión del conocimiento científico como Antonio Vallejo-Nájera. Psiquiatra de formación y propagandista de vocación, este médico militar español construyó durante el franquismo un edificio teórico cuya única función real era otorgar credibilidad académica a los peores instintos del régimen. La reciente decisión del Ejecutivo de retirarle la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad no es un gesto simbólico menor: es el reconocimiento institucional de que España tiene aún cuentas pendientes con su memoria histórica y con la integridad de sus distinciones públicas.

El perfil de un ideólogo con bata blanca

Vallejo-Nájera desarrolló durante las décadas de los años treinta y cuarenta del siglo XX una serie de teorías que pretendían demostrar, mediante estudios y ensayos clínicos, que la disidencia política tenía raíces biológicas. Sus investigaciones, realizadas sobre prisioneros republicanos en condiciones éticamente aberrantes, concluían que el marxismo era una suerte de patología psíquica vinculada a la inferioridad racial. Con este marco pseudocientífico, el régimen franquista encontró en él no solo un aliado intelectual, sino una legitimación médica para la represión sistemática. Sus ideas contribuyeron, además, a justificar políticas de separación de niños de sus madres republicanas, uno de los episodios más oscuros de la dictadura.

El peso de los honores y lo que representan

Las condecoraciones del Estado no son simples piezas decorativas. Representan los valores que una sociedad decide honrar, los modelos que una nación propone como dignos de emulación. Que la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad permaneciera durante décadas en el haber de Vallejo-Nájera decía algo incómodo sobre los silencios institucionales de la democracia española. No se trata de juzgar el pasado con los estándares del presente, ejercicio que siempre entraña riesgos, sino de reconocer que incluso en su época muchos de sus contemporáneos señalaron la naturaleza política, y no científica, de sus conclusiones.

  • La Orden Civil de Sanidad fue creada para reconocer méritos en el ámbito de la salud pública y la medicina.
  • Su concesión a Vallejo-Nájera contradice los principios éticos sobre los que se asienta cualquier distinción sanitaria.
  • Países de diversas tradiciones democráticas han llevado a cabo procesos similares de revisión de honores concedidos durante períodos autoritarios.

Memoria histórica y coherencia democrática

La decisión del Gobierno español se inscribe en un proceso más amplio de revisión del legado franquista que, con avances y retrocesos, lleva décadas desarrollándose en el país. La Ley de Memoria Democrática aprobada en años recientes proporcionó un marco legal más robusto para abordar estas cuestiones, pero la aplicación concreta de sus principios sigue generando debate. Lo que resulta difícilmente cuestionable es el argumento de fondo: una democracia que mantiene condecoraciones a quienes pusieron la ciencia al servicio de la persecución ideológica envía un mensaje contradictorio sobre sus propios valores fundacionales.

El legado envenenado de la pseudociencia política

El caso Vallejo-Nájera trasciende la anécdota biográfica para convertirse en una advertencia de validez permanente. A lo largo de la historia, los regímenes autoritarios han recurrido sistemáticamente al lenguaje científico para dotar de respetabilidad a sus prejuicios. La eugenesia, la craneometría racial, las teorías de la degeneración hereditaria: todas compartieron la misma estructura básica de revestir la discriminación con terminología técnica. Reconocer ese patrón, nombrarlo y retirarle los honores que nunca merecieron es también una forma de defender la integridad de la ciencia misma.

Un paso necesario, aunque tardío

Que esta decisión llegue décadas después de la reinstauración de la democracia en España puede interpretarse como una tardanza lamentable o como una prueba de que los procesos de depuración simbólica requieren tiempo, consenso social y voluntad política. Lo cierto es que el anuncio abre una reflexión necesaria sobre cuántos otros reconocimientos institucionales del país podrían merecer una revisión similar. La historia no se borra, pero las democracias sanas tienen la obligación de no avalarla cuando contradice sus principios más esenciales. Retirar un galardón no es reescribir el pasado: es negarse a seguir firmándolo.

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