La visita del Rey a Ceuta: una cuestión de Estado que divide a la clase política pero une a los ciudadanos

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Una demanda ciudadana que trasciende las ideologías

Cuando la opinión pública alcanza consensos que superan el 70%, los analistas políticos suelen hablar de «mayorías silenciosas» que rara vez se equivocan sobre cuestiones de fondo. El hecho de que aproximadamente tres de cada cuatro ciudadanos españoles consideren que el Gobierno debería facilitar una visita del Rey Felipe VI a Ceuta no es un dato menor ni anecdótico. Es un termómetro que mide algo más profundo: la percepción ciudadana sobre cómo se gestiona la identidad territorial del país y qué papel debe jugar la institución monárquica en la cohesión nacional.

Ceuta: mucho más que geografía

Ceuta no es simplemente una ciudad situada en el norte de África. Es un territorio con más de cinco siglos de historia española, una ciudad autónoma con plenos derechos constitucionales cuyos habitantes son ciudadanos españoles y europeos. La visita de la Jefatura del Estado a cualquier rincón del territorio nacional no debería requerir deliberaciones políticas especiales. Sin embargo, la delicada relación diplomática entre España y Marruecos ha convertido Ceuta —y también Melilla— en un escenario donde la política exterior parece imponerse sobre la política interior, generando una incomodidad visible entre amplios sectores de la población.

El papel de la Corona como símbolo de unidad territorial

La Constitución española define al Rey como árbitro y moderador del funcionamiento regular de las instituciones, así como símbolo de la unidad y permanencia del Estado. Desde esta perspectiva, la presencia del monarca en todos los territorios que conforman España no es un capricho protocolario, sino una expresión práctica y simbólica de la soberanía nacional. Limitar o condicionar esa presencia, independientemente de los motivos diplomáticos que pudieran esgrimirse, lanza un mensaje ambiguo sobre la integridad territorial del Estado. Y esa ambigüedad, al parecer, no pasa desapercibida para la mayoría de los ciudadanos.

Política exterior versus identidad nacional: un equilibrio difícil

Es comprensible que cualquier gobierno deba gestionar sus relaciones diplomáticas con cautela, especialmente con países vecinos con los que se comparten intereses económicos, migratorios y de seguridad. Marruecos representa para España un interlocutor inevitable, y los roces históricos sobre la soberanía de las ciudades autónomas forman parte de una tensión estructural que ningún ejecutivo ha podido resolver definitivamente. No obstante, la prudencia diplomática tiene límites cuando empieza a cuestionar realidades jurídicas y constitucionales indiscutibles. El reto del Gobierno reside en encontrar fórmulas que permitan:

  • Mantener canales de diálogo fluidos con Rabat sin hacer concesiones implícitas sobre la soberanía.
  • Garantizar que los ciudadanos de Ceuta y Melilla se sientan plenamente integrados en el proyecto nacional.
  • Preservar el rol institucional de la Corona sin someterlo a condicionamientos de política exterior.
  • Transmitir a la ciudadanía que la diplomacia no se ejerce a costa de la identidad territorial española.

El coste político de ignorar a la mayoría

En democracia, las encuestas no gobiernan, pero sí orientan. Un apoyo ciudadano tan amplio y transversal como el registrado en torno a esta cuestión debería invitar al Gobierno a una reflexión seria. No se trata únicamente de una visita protocolaria; se trata de un mensaje político hacia dentro y hacia fuera. Hacia dentro, porque los ceutíes y melillenses llevan años reclamando mayor visibilidad y respaldo desde las instituciones centrales del Estado. Hacia fuera, porque cualquier señal de vacilación sobre la plena españolidad de estos territorios puede ser interpretada como una debilidad negociadora.

Conclusión: soberanía que no se ejerce, soberanía que se erosiona

La historia enseña que los territorios cuya vinculación con el Estado central se debilita en el plano simbólico y administrativo acaban enfrentando desafíos mucho mayores en el plano político y jurídico. Permitir que el Rey visite Ceuta no es una provocación hacia ningún país vecino; es el ejercicio normal y legítimo de la soberanía española sobre su propio territorio. La ciudadanía, con una claridad que supera las divisiones partidistas habituales, parece haberlo entendido perfectamente. La pregunta es si quienes toman las decisiones están dispuestos a escucharla.

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