Intrusismo en psicología: cuando los límites profesionales se difuminan en torno a casos de alto perfil

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El intrusismo profesional en psicología: un problema con consecuencias reales

La salud mental es uno de los ámbitos más sensibles de la práctica sanitaria. A diferencia de otras disciplinas médicas, donde los errores pueden ser detectados con relativa rapidez mediante pruebas objetivas, los fallos en el ejercicio de la psicología pueden pasar desapercibidos durante meses o incluso años, causando daños profundos y difíciles de revertir. Por ello, la regulación del ejercicio profesional en este campo no es una cuestión burocrática, sino una garantía esencial para la protección de quienes buscan ayuda terapéutica en momentos de máxima vulnerabilidad.

¿Qué se entiende por intrusismo profesional?

El intrusismo profesional ocurre cuando una persona ejerce actividades propias de una profesión regulada sin contar con la titulación habilitante reconocida legalmente. En el caso de la psicología en España, el ejercicio clínico requiere no solo una licenciatura o grado en Psicología, sino también una formación especializada que habilite para la práctica clínica, como el Máster en Psicología General Sanitaria o la especialidad de Psicología Clínica obtenida mediante el sistema PIR. Este marco legal existe precisamente para garantizar que quienes atienden a personas con problemas de salud mental tienen la preparación adecuada para hacerlo sin causar perjuicios.

  • Ausencia de titulación oficial reconocida
  • Ejercicio de actividades reservadas a profesionales colegiados
  • Falta de supervisión clínica y formación continuada acreditada
  • Uso indebido de denominaciones profesionales protegidas

El papel de los colegios profesionales como garantes de la ética

Los Colegios Oficiales de Psicología tienen atribuida por ley la función de ordenar el ejercicio de la profesión y velar por el cumplimiento de las normas éticas y deontológicas que rigen la práctica psicológica. Cuando una denuncia o una situación de alerta llega a su conocimiento, están obligados a investigar los hechos con rigor e independencia. Esta labor de control no debe interpretarse como un ataque a ninguna persona concreta, sino como una defensa del sistema que protege a los ciudadanos. La apertura de expedientes informativos o disciplinarios forma parte de un proceso necesario y legítimo en cualquier profesión regulada.

El riesgo de la terapia sin respaldo científico ni formación acreditada

Más allá de la cuestión legal, existe un problema de fondo que merece atención: la proliferación de figuras que se presentan como terapeutas, coaches emocionales, consteladores o guías espirituales sin ninguna formación clínica verificable. En un contexto social donde la demanda de apoyo psicológico ha crecido exponencialmente en los últimos años, especialmente tras la pandemia, muchas personas acuden a profesionales sin comprobar sus credenciales. Esta realidad crea un caldo de cultivo para prácticas que, en el mejor de los casos, resultan ineficaces y, en el peor, pueden agravar el estado de quienes buscan ayuda.

La visibilidad mediática como catalizador del debate necesario

Cuando casos relacionados con figuras públicas o familias de alto perfil social sacan a la luz presuntas irregularidades en el ámbito terapéutico, se genera inevitablemente un debate más amplio que trasciende los detalles concretos del asunto. Ese debate tiene un valor indudable: pone el foco sobre una realidad que afecta no solo a quienes aparecen en los medios, sino a miles de personas anónimas que cada día confían su bienestar mental a profesionales cuyas credenciales nunca han sido verificadas. La atención mediática, aunque a veces distorsionada por el morbo, puede convertirse en una oportunidad para reforzar la cultura de la verificación profesional entre la ciudadanía.

Conclusión: la protección del paciente debe estar siempre en el centro

El debate sobre el intrusismo en psicología no debería quedar reducido a una anécdota vinculada a apellidos conocidos. Es una cuestión estructural que requiere respuestas institucionales sólidas, mayor educación ciudadana sobre los derechos como paciente y un refuerzo de los mecanismos de control existentes. Los colegios profesionales, las administraciones sanitarias y la sociedad civil tienen responsabilidades compartidas en la construcción de un sistema donde la salud mental sea atendida siempre por profesionales debidamente formados, supervisados y comprometidos con la ética de su práctica. Porque en terapia, como en medicina, la primera obligación es no hacer daño.

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