El poder adquisitivo en España: cuando trabajar más no significa ganar mejor

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A close up of a coin on a table
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Una economía que crece pero que no reparte

España ha logrado en los últimos años cifras de empleo históricas, con tasas de ocupación que celebran titulares y discursos políticos. Sin embargo, bajo esa superficie brillante se esconde una realidad mucho más incómoda: los trabajadores españoles ganan, en términos reales, menos que hace años. El crecimiento económico y la creación de empleo no han sido suficientes para compensar el mordisco que la inflación ha dado a los salarios, y el resultado es una pérdida sostenida del poder adquisitivo que coloca a España entre los países desarrollados con mayor deterioro salarial en términos reales.

Este fenómeno no es exclusivo de España, pues la ola inflacionaria que sacudió al mundo occidental tras la pandemia y el conflicto en Ucrania afectó a prácticamente todas las economías avanzadas. Pero la magnitud del impacto en territorio español ha sido notablemente superior a la de sus vecinos europeos, lo que obliga a preguntarse si existe algo estructural en el modelo económico español que amplifica este tipo de shocks y dificulta la recuperación salarial.

La trampa de la temporalidad: un problema que persiste

Uno de los factores que mejor explica esta situación es la persistente dualidad del mercado laboral español. A pesar de que la reforma laboral aprobada en 2021 introdujo algunas de las regulaciones más estrictas de todo el entorno comparado en materia de contratación temporal, la temporalidad sigue siendo un rasgo definitorio del empleo en España. Esta aparente contradicción —reglas más duras, pero resultados similares— revela que la legislación, por sí sola, no es suficiente para transformar una cultura empresarial profundamente arraigada en el uso intensivo del contrato corto como herramienta de flexibilidad.

La temporalidad tiene consecuencias directas sobre los salarios. Los trabajadores con contratos temporales negocian desde una posición de debilidad, aceptan con más frecuencia condiciones por debajo de su cualificación y acumulan menos antigüedad, lo que les impide acceder a complementos salariales vinculados al tiempo de servicio. Además, la rotación constante en el empleo interrumpe la formación continua y dificulta el ascenso a posiciones de mayor responsabilidad y remuneración.

Sectores de bajo valor añadido y su peso en la balanza

Otro elemento estructural que presiona los salarios a la baja es la composición sectorial de la economía española. El turismo, la hostelería, el comercio minorista y la agricultura representan una parte desproporcionada del tejido productivo en comparación con otros países europeos. Estos sectores, aunque generadores de empleo en cantidad, son históricamente intensivos en mano de obra poco especializada y con escaso poder de negociación colectiva. Mientras Alemania o los países nórdicos han apostado por industrias de alto valor añadido, España sigue dependiendo en gran medida de actividades con márgenes estrechos donde los salarios difícilmente pueden crecer sin comprometer la competitividad empresarial.

¿Qué se puede hacer?

La solución no es sencilla ni inmediata, pero los economistas coinciden en señalar varios caminos complementarios que podrían revertir esta tendencia:

  • Incrementar la productividad: Es prácticamente imposible sostener subidas salariales reales sin aumentos paralelos de la productividad. España arrastra un déficit crónico en este indicador que solo puede resolverse con mayor inversión en tecnología, formación y digitalización empresarial.
  • Fortalecer la negociación colectiva: Los convenios colectivos deben adaptarse con mayor agilidad a las condiciones económicas reales, incorporando cláusulas de revisión salarial vinculadas a la inflación efectiva.
  • Reconvertir el modelo productivo: La transición hacia sectores industriales y tecnológicos de mayor valor añadido es una tarea generacional, pero ineludible si se quiere romper con la dependencia de empleos de baja remuneración.
  • Reducir la economía sumergida: Una parte significativa del empleo en España escapa a los registros oficiales, lo que deprime los estándares salariales del conjunto del mercado.

El riesgo de normalizar la precariedad

Quizás el peligro mayor no es la pérdida salarial en sí misma, sino la resignación social ante ella. Cuando una generación entera de trabajadores asume que ganar poco es lo normal, que el contrato temporal es la regla y que la estabilidad laboral es un privilegio, se produce un daño que va mucho más allá de las cifras macroeconómicas. Se erosiona la confianza en las instituciones, se retrasan decisiones vitales como la emancipación o la maternidad, y se alimenta la desafección democrática. España necesita con urgencia un debate serio y honesto sobre qué tipo de mercado laboral quiere construir, y estar dispuesta a pagar el precio de las transformaciones necesarias para lograrlo.

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