Opinión: “Progresismo e Involución”. Por José Antonio Corachán

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En los últimos tiempos estamos viendo el uso y abuso de la palabra progreso, sobre todo por parte exclusiva de ciertos políticos de izquierdas que se han arrogado la propiedad intelectual de esa palabra sin tener un conocimiento suficiente de su significado, lo que les ha llevado del  estilo normal al chanchullo democrático, del método al engaño, del procedimiento normal a la triquiñuela falaz. Cuando atolondradamente tratamos de definir conceptos, formas de actuar, sin tener un conocimiento profundo, una completa experiencia sobre el tema, terminamos volcados en la confusión, en la ambigüedad, en la imprecisión del doble sentido.

Progreso, más progreso y permanentemente tratar de progresar utilizando este concepto nos induce a entregarnos totalmente en manos del progresismo. Ese es el peligro, no saber distinguir entre progreso y progresismo; el primero es un nombre, el segundo un adjetivo. El progreso es por ejemplo, que hoy pueda subir cómodamente con un ascensor a la planta 24 de un edificio sin necesidad de utilizar la escalera. El progresismo es imponer sin argumentación, sin razón alguna el uso del ascensor, inutilizando el acceso a la escalera. Progresista es creerse ser “obrero” por militar en un partido político que se autoproclama obrero, cuando ser obrero es ser asalariado, operario o jornalero.

Entenderemos, llegados a este punto, lo que está ocurriendo con temas tan candentes como la “igualdad de género” cuando se trata de igualar los conocimientos, la valía personal de ambos sexos, mediante una ley de la mitad por mitad, siendo conscientes de que el saber, la cultura no guardan relación alguna con el sexo,  cuando sobradamente sabemos que la virtud o el mérito personal no figuran en el inventario sexual. Intentar convencernos hasta la imposición por ley, de que son similares la unión homosexual y el matrimonio es tan necio como tratar de definir el sexo de los ángeles. Cuando lo que se pretende descaradamente es destruir a la familia, hay que ser valiente y exponerlo con claridad y transparencia, dando las razones oportunas si las hay.

Legitimar parejas incapaces biológicamente de procrear, cambiando el concepto de procrear por el de adoptar, les ha resultado a esos izquierdistas de ocasión, mas sencillo que consignar por ley la cuadratura del círculo. Para ellos el concepto de padre y madre es anticuado, vetusto y trasnochado, es como a estas alturas democráticas viajar en carro en lugar de hacerlo con un vehículo eléctrico. La consideración de padre y madre heredada durante siglos, es para estos progresistas, reaccionaria y han tenido que refundirla en un solo modismo: Adopción, palabra asexual que define la incapacidad biológica reproductora del progreso. Nuevos progresistas a quienes deduzco por su forma de expresarse, su homóloga ineptitud mental.

Esa ilimitada libertad que nos envuelve y rodea, cortando con barricadas fogueriles las calles y avenidas, las autopistas y carreteras, las vías férreas y el derecho a circular libremente, nos abarca hasta en el lenguaje. Ahora, si estoy en el progreso, si soy progresista, resulta que ya no soy español, soy española o españolo, he de rechazar la e de España, si quiero llegar a ser ministra o ministro, policía o policío, concejala o concejalo, alcaldesa o alcaldeso… borrega o borrego. En una palabra he de convertirme en burra o burro y mediante el uso indebido de la a y la o, pulverizar y dinamitar el concepto de igualdad del que pretendo ser defensor, para sexualizándome gramaticalmente llegar a ser progre con denominación de origen involutivo.

Ahora bien, por mi no pasarán, como no soy españolo si no español, clamo y proclamo: ¡Viva España!.

José Antonio Corachán Marzal

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