El Relato del Buen Gestor: Entre la Propaganda y la Realidad
En política, la memoria selectiva es un arma poderosa. Los partidos construyen narrativas sobre su propia competencia mientras diluyen o directamente borran los episodios que contradicen esa imagen. Este fenómeno resulta especialmente evidente cuando hablamos de la gestión de emergencias y catástrofes, momentos en los que el Estado debe demostrar de manera inequívoca su capacidad de respuesta, coordinación y eficacia. Reclamar credenciales de «buen gestor» sin asumir el peso del historial completo no es política seria: es marketing.
Las Crisis como Espejo del Gobierno
Las catástrofes naturales, los accidentes de infraestructura o las emergencias sanitarias no entienden de colores políticos, pero sí revelan con brutal claridad la calidad institucional de quienes gobiernan. La rapidez en la activación de protocolos, la coordinación entre administraciones, la transparencia informativa y la protección efectiva de los ciudadanos más vulnerables son indicadores objetivos que trascienden el discurso electoral. Un historial de gestión deficiente ante emergencias es, por tanto, un dato político de primer orden, no una anécdota.
La ciudadanía debería exigir que cualquier formación que se presente ante las urnas con lemas que evocan competencia técnica y experiencia administrativa responda, antes que nada, a una pregunta sencilla pero fundamental: ¿cómo actuó cuando fue responsable y la situación fue adversa? No basta con gestionar bien en tiempos de bonanza. La verdadera prueba de fuego llega precisamente en los momentos de crisis.
El Peligro de la Amnesia Colectiva
El problema estructural de las democracias contemporáneas reside en la brevedad de la memoria colectiva. Los ciclos mediáticos acelerados, la saturación informativa y la polarización del debate público contribuyen a que episodios graves queden relegados al olvido mucho antes de lo que sería razonable. Los partidos políticos, lejos de combatir esta tendencia, la explotan activamente. Se presentan renovados, con nuevos liderazgos o nuevos eslóganes, desvinculándose tácticamente de un pasado que, sin embargo, forma parte indisoluble de su ADN institucional.
- Las víctimas de catástrofes mal gestionadas merecen que su tragedia no sea instrumentalizada ni olvidada.
- La rendición de cuentas debe ser transversal: ningún partido debería quedar exento del escrutinio histórico.
- La exigencia de dimisiones al adversario político pierde toda credibilidad moral cuando no va acompañada de autocrítica.
- Los medios de comunicación y la sociedad civil tienen una responsabilidad activa en preservar esa memoria institucional.
La Exigencia de Coherencia como Estándar Democrático
Uno de los mayores déficits de la cultura política española —aunque no exclusivo de ella— es la ausencia de coherencia en la exigencia de responsabilidades. Con demasiada frecuencia, la indignación se activa o se desactiva en función del signo político del señalado, no de la gravedad objetiva de los hechos. Esto genera una dinámica perversa: los partidos aprenden que pueden reclamar dimisiones al rival sin asumir el coste de sus propios errores, simplemente porque sus bases electorales los protegen del escrutinio.
Una democracia madura debería funcionar de manera diferente. El estándar de exigencia debe ser universal e independiente del color del partido. Si una formación política considera que la mala gestión de una emergencia es causa suficiente para reclamar responsabilidades al Ejecutivo de turno, debe estar igualmente dispuesta a asumir esa misma vara de medir cuando los focos se vuelven hacia su propio historial. De lo contrario, la crítica política se convierte en un instrumento de desgaste sin ningún contenido ético.
Conclusión: Votar con Memoria es Votar con Criterio
La próxima vez que cualquier partido político —del signo que sea— invoque su experiencia, su capacidad de gestión o su rigor administrativo como argumento electoral, la respuesta ciudadana debería ser automática: exigir un balance honesto y completo. No el relato que ellos mismos han construido para su propio beneficio, sino el que emerge del análisis frío de sus decisiones en los momentos más difíciles. Votar con memoria histórica no es parcialidad ideológica; es simplemente ejercer la democracia con toda su responsabilidad.






