El PP ante una decisión que ya no puede aplazarse
En política, la indefinición prolongada rara vez es una estrategia sostenible. El Partido Popular lleva meses navegando en una zona gris respecto a su relación con Vox, alternando gestos de distanciamiento con acuerdos puntuales de gobierno en comunidades autónomas, sin ofrecer un relato coherente que permita a los votantes entender cuál es, realmente, el proyecto de la derecha española. Esta ambigüedad, lejos de proteger a Feijóo de los extremos del tablero político, lo está debilitando en ambas direcciones.
El dilema no es nuevo ni exclusivamente español. Las democracias europeas han ensayado dos grandes modelos para gestionar el ascenso de los partidos de extrema derecha. El primero consiste en la absorción o integración programática: los partidos conservadores tradicionales incorporan parte del discurso identitario y restrictivo de sus competidores más radicales, con el objetivo de recuperar el voto fugado hacia ese espacio. Es el camino que recorrió con notable éxito el Partido Popular austriaco o, más recientemente, el conservadurismo georgiano-meloniano en Italia. El segundo modelo apuesta por la diferenciación nítida: construir un cortafuegos ideológico, rechazar cualquier forma de colaboración institucional y competir desde la moderación por el voto de centro, apostando por el colapso natural de los radicales cuando los ciudadanos perciben que no gobiernan bien. Ambas opciones tienen sus riesgos, pero ambas tienen también una lógica interna. Lo que no funciona es no elegir ninguna.
Los costes de la ambigüedad en términos electorales
El problema de Feijóo es que el PP lleva demasiado tiempo en tierra de nadie. En las comunidades donde gobierna junto a Vox —o con su apoyo—, el partido acepta compromisos programáticos que luego contradice en el discurso nacional. Esta doble velocidad genera una percepción de oportunismo que los votantes moderados sancionan con distancia y los votantes más conservadores interpretan como falta de convicción. El electorado español, como el europeo en general, no premia la incoherencia; premia la claridad, aunque no siempre esté de acuerdo con ella. Partidos como el Frente Nacional en Francia o los Hermanos de Italia han crecido, paradójicamente, porque ofrecen un mensaje consistente, aunque sea incómodo para la mayoría.
Feijóo, que llegó a la presidencia del partido con la promesa de recuperar el centro político y alejar al PP del estilo confrontacional de etapas anteriores, no ha logrado consolidar esa imagen. Las circunstancias le han obligado a depender tácticamente de Vox en varios territorios, y eso ha erosionado la narrativa de la moderación que era su principal activo diferencial frente a Pedro Sánchez. No basta con proclamar que se es de centro si las alianzas institucionales cuentan otra historia.
Qué necesita el PP para recuperar la iniciativa
La salida del laberinto exige valentía política y claridad estratégica. Si el PP decide apostar por la integración, debe hacerlo de forma explícita, asumiendo costes en el electorado urbano y formando un bloque de derechas con un programa común. Si decide apostar por la diferenciación, debe establecer límites inequívocos, rechazar coaliciones con Vox incluso cuando eso signifique perder alguna comunidad autónoma, y construir una identidad propia que sea reconocible. Las medias tintas solo funcionan en períodos de bonanza; en contextos de polarización, la indefinición se convierte en el peor enemigo del líder.
- Claridad programática: Los votantes necesitan saber qué defiende el PP con independencia de sus socios coyunturales.
- Consistencia territorial: El discurso nacional y la práctica autonómica deben alinearse para resultar creíbles.
- Liderazgo visible: Feijóo debe asumir personalmente el coste de definir la línea roja, sin delegarla en la ambigüedad.
La política española atraviesa un momento de redefinición de espacios que no admite indefinición indefinida. El liderazgo de Feijóo depende, en buena medida, de su capacidad para tomar esa decisión estratégica antes de que las circunstancias se la impongan sin margen de maniobra. La historia reciente de Europa enseña que los partidos conservadores que han resuelto este dilema —en cualquiera de las dos direcciones— han salido reforzados. Los que lo han aplazado han terminado siendo devorados por él.






